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SANTA FÉ

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EN ODNUM:

Los chicos de la calle

 

                               

 

   Unos cuantos miles de personas circulaban por doquier.

 

   Muchos portaban en sus manos un aparatico pequeño con una extensión vibrátil.

 

   Lo apoyaban en sus oídos y conversaban animadamente mientras, a la vez,

 

esquivaban a las otras gentes. Cruzaban las calles sin interrumpir el parloteo

 

infernal con el que alimentaban a esas bocas oscuras que parecían querer besar

 

interminablemente.

 

   Incontables  vehículos  de colores brillantes competían por arrancar, cuando

 

la luz roja o amarilla, se ponía verde.

 

     El ruido que producían era insoportable.

 

     El aire que respiraban, de color grisáceo, envolvía a la turba, alimentado

 

en parte por un vapor que brotaba incesantemente de  aberturas dentadas que,

 

desde el suelo, recordaban a fauces ardorosas en las cabezas varias de un

 

monstruo embravecido.

 

  Avanzaban como la marea creciente, pisando papeles, excrementos  y toda clase

 

 de objetos, que cubrían con un manto polícromo la superficie de las veredas

 

destruidas.

 

   Me llamó la atención un jovencito que cargaba sobre su espalda una enorme

 

bolsa. Inclinado bajo este peso, juntaba envases de bebida idénticos a los que

 

usaba la turba ,y los arrojaba en su interior . Su rostro cetrino, así como

 

sus manos, estaban cubiertos de tizne. Parecía un soldado camuflado pertenecien-

 

te a un batallón que, sin duda, existía. 

 

   Vestía unos pantalones harapientos. Cubría su cabeza con una tela blanca 

 

Estaba descalzo. Su piel oscura, pura sudor y músculo, competía en brillo con

 

sus ojos, dos relampagueantes escarabajos.

 

   Una pequeñita  lo acompañaba trotando y saltando sin dejar de extender su

 

manita hacia los transeúntes. Les hablaba, cada vez con renovados bríos, no sin

 

antes ponerse en la boca el chupete rosa que guardaba en el bolsillo de su

 

 

vestidito....

 

-----¿No tiene una moneda?. Dale, no sea. Una monedita nada más.----

       Los cabellos largos de tonos claros estaban pegoteados a fuerza de limpiarse las

 lagañas en ellos.

       Causaba gracia su naricita, botón de durazno, conectada por un mar de pecas a los

 ojazos de dulce de leche. Sobre ellos, un doble signo de interrogación le daba perpetuo

estupor al rostro.

       De pronto la nena se detuvo.---Estoy cansada, Centavo. Centavito, estoy cansada.

 Vamos a casa, dale, vamos. Centavo vamos.---

Su hermano, el muchacho descalzo, le contestó----Todavía no juntamos la plata suficiente.  Falta  un poquito más y ya nos volvemos. Vamos a sentarnos un rato a la plaza y te compro un pancho. Después nos vamos a los restaurantes paquetes, esos que tienen las mesas afuera.

----Ah, donde tengo que hablar así:¿plís mani?

---Sí ahí. Ahora vengo con el pancho. Sacate el buzo que hace calor.----Centavo le sacó

el buzo y se lo ató en la cintura a su hermanita.  Supuse que era su hermanita. Se fue y

 al rato regresó con el pancho y una latita de gaseosa. Trajo  para los dos.

---Vamos, Gurrumina, vamos a los restaurantes de la zona paqueta de Seria Sonueb..

Después tomamos el tren para  Azieze. Mamá nos está esperando en el barrio.

   Pude verlos mientras caminaban despacito hasta una zona de restaurantes. Ya era de

noche. La espesa niebla me oscurecía por momentos la imagen, pero los dos seres

 desaparecían y  reaparecían cada vez.

---Vamos, Gurrumina. Ya sabés lo que tenés que hacer.---Centavo le puso el chupete

colgando del cuello. Le  palmeó un poco los mofletes . Éstos recrudecieron su color

natural de manzana deliciosa.

   Lista como un soldado, la nena arremetió hacia las mesas que hervían de comensales.

Estaban en la vereda, debajo de un gran toldo. Una columna central de mármol,  sujeta por cuatro delfines, sostenía el toldo.

---Pliís, pliís. Mani plís. Señora, mister. Mani, plís.----Gurrumina  se sacaba chispas con su cara de pobrecita mientras extendía la mano. Le llenaron los bolsillos de monedas.

La gente que pasaba por allí, caminaba sin mirarlos siquiera. Eran como autómatas a los que se hubiera dado cuerda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EN LA CAVERNA:

Primer sueño. Mi madre

 

 

 

  Una oleada de ternura me invadió. Me sentí identificado con esos dos chicos  

 

sencillos y dolientes. Ellos experimentaban idéntica zozobra y la misma

 

sensación de soledad que me abrumaban. Me pregunté si ellos tendrían a su

 

vez a alguien, que, como mi amigo, les hablara. . . Haciendo un esfuerzo

 

dantesco, traté de comunicarme con ellos. Pero, por desgracia, no podían verme.

 

         Traté de alzar mis probables brazos, para poder alcanzarlos, pero se

 

desvanecieron mis esfuerzos antes de que mi cerebro interpretara la orden.

 

          Luego fue tarde para otro intento. Quedé tan extenuado, que me

 

 adormecí, casi sin darme cuenta, en medio de la creciente penumbra.

 

     La Voz no se presentó esta vez, como para darme una tregua en el bombardeo

 

de imágenes al que me estaba sometiendo. Pronto me sumergí en el más profundo de

 

los sopores. Pude sentir que era un niño de dos años. Una mujer me hamacaba al

 

compás de su tarareo. Nos rodeaba un parque pletórico de árboles con flores

 

blancas. Las avecillas  nos saludaban con sus trinos melodiosos. La algarabía

 

nos contagiaba con su jolgorio y nos arrullaba, mientras nos enfrascábamos en

 

nuestro juego. Ella era linda y dulce como una caída de agua fresca que fluía

 

dentro de la caverna roja.

 

   Todo era perfección. Podía intuir el amor que ella sentía por mí.                           

 

   Detrás nuestro,el follaje escondía una casita de ladrillo, con techo cubierto

 

 por tejas de pizarra.                                   

 

   Comencé a reír y reír . Era flacucho. Tenía la tez trigueña y unos ojitos

 

pequeños y brillantes. Me di vuelta para ver a mamá, pero en su lugar, de

 

pronto, solamente se encontraba el viento, que despeinaba mis cabellos ondeados.

 

    Ululaba en mis oídos con su oscuro designio. Filtraba un fragor que pugnaba

 

por acariciar la sangre que viajaba al abrigo de mis venas, estremecedoramente

 

azules.    

 

    Sentí miedo. La angustia me paralizó la respiración. Mi mente se encontraba

 

dentro del chico. . .

 

     Supe que tenía que gritar y lo hice con todas las fuerzas de mi ser.

 

      ---¡Mamá¡ . ¡Mamá¡. ¡Mami¡---

 

    Ante la falta de respuesta comencé a llorar y ya no me detuve. Luego caí de

 

la hamaca sobre el arenero. Mi rostro quedó cubierto de un líquido aguachento,

 

que se entremezcló con los granos de arena dorada.

 

    Al alzar la cabeza y girar el cuello, vi con horror que el asiento del

 

columpio se abalanzaba sobre mí, me golpeaba duramente en la frente y luego...

 

   Cuando volví en mí, me encontraba nuevamente dentro de la caverna .

 

 Supe que algo terrible me había ocurrido cuando era niño.     

 

   Comprendí que estaba encerrado en este lugar. De alguna forma, impedido de

 

 salir volando en un halo de gloria, como supuse harían seguramente las

 

 estructuras rastreras cuando se cansan de ser simples estructuras rastreras.

 

   La penúltima región del olvido. Este recinto era mi vida desde entonces, o

 

tal vez sólo lo era desde hace unos instantes. No tenía forma de saberlo.

 

   En un segundo me admití a mí mismo que existían apenas dos o tres

 

posibilidades.

 

   Estaba inmerso en el pantano vil de una aventura pesadillesca y oscura,

 

acompañado por La Voz, como el único elemento bondadoso y amigable, en

 

medio de un ambiente hostil. O, ya estaba clínicamente muerto y éste constituía

 

el refugio de mi esencia aún esclavizada, suspendida por un eterno segundo a

 

mitad de camino entre el mundo cavernario y el que se develaba desde las paredes

 

rocosas.

 

   Por último quedaba la posibilidad de ser yo mismo, en cuerpo y alma, pero

 

atrapado en una dimensión diferente, al margen de mi vida anterior y siendo

 

espectador involuntario de la misma.

 

   Pero restaba resolver un dilema: Podía tratarse de una experiencia real,

 

 objetivamente comprobable por otras personas o simplemente un habitáculo de mi

 

mente, en el cual mi cerebro se habría refugiado con la finalidad de descansar

 

 por un tiempo. La Voz, en ese caso me pertenecería. Aún restaba identificarme.

 

   De cualquier modo sabía, no sé como, que mi otro yo debía ser alguien más,

 

alguien con una vida diferente.... Pero...¿cuál?.

 

           Pensé con tanto ahínco que la cabeza pugnaba por salirse del tronco.

 

Me dormí a pesar mío, en ese instante, sin haber terminado de hilvanar adecuada-

 

mente mis pensamientos. Mis ideas se desgranaron, como las cuentas de un collar

 

de nácar sobre un paño de terciopelo rojo.

 

       No sé cuanto tiempo pudo haber transcurrido, hasta que una potente luz me

 

despertó, dando de lleno sobre mis ojos, los que constituían, entonces, la parte

 

de mi cuerpo más activa. Tal vez aún más que mi propia mente, a la sazón

 

prácticamente embotada.

 

     ¿La Voz, estaba dispuesta a mostrarme un nuevo espectáculo?.

 

-No temas. Por escasas partículas de tiempo, verás y sentirás que estás en

 

Odnum. No es una ilusión, el contacto será real. Luego verás otra proyección

 

y, al final, tendrás un sueño revelador. Intenta recordarlo después ya que

 

trataré de comunicarme contigo, desde el interior de tu sueño, mientras dure.-

 

             Mi estado anímico era de expectación y temor, mientras mi vista

 

recorría la escena que se proyectaba a sí misma en la pared lateral de ese

 

lugar. Estos flashes duraban escasos segundos, o tal vez horas. ¿Cómo saberlo?

 

             Me sentía  extenuado, por el enorme esfuerzo que demandaban de mi.      

                   

  Era capaz de darme cuenta de esto, aunque desconocía la causa. Mientras, me

 

resultaba imposible captar mi propio cuerpo. No tenía las energías suficientes

 

como para observarme a mí mismo. Sin embargo, podía usar mis ojos. Podía pensar.

 

Podía oír y experimentar el calor o el frío. El sufrimiento y el placer. La

 

alegría y la tristeza. El temor o la placidez.

 

 

EN ODNUM:

Los chicos de la calle también tienen

familia

 

 

 

  Recordé también a Centavo y a su madre, Flor de Oropel.

 

     Centavo vivía en  un barrio pobre  cerca de la localidad de Azieze, en las

 

afueras de Seria Sonueb.(Capital de Anitnegra). Eran tres hermanos. La casa de

 

Centavo era la que estaba pintada de blanco rabioso y tenía un tanque de agua en

 

el techo, con los colores azul y oro.

 

     La mamá, Flor, era una mujer entrada en años, que usaba pocas palabras en

 

la lengua de Anitnegra, y muchas en dialecto.

    

      Era oriunda de un pequeño poblado al nordeste de su país, a la vera del

 

río Ánarap. Todas las tardes, cuando era pequeña iba hasta la playa con sus

 

hermanos, a jugar con la arena.

 

      Al atardecer, los botes que regresaban de la ardua tarea de la pesca

 

imprescindible, se recortaban contra el crepúsculo fosfóreo como siluetas

 

de dragones de agua. Los  hombres parecían títeres de  yeso, huyendo del abrazo

 

de la creciente penumbra.

 

      Podríamos decir que tuvo una infancia feliz. El clima caluroso y húmedo

 

se tornaba menos molesto cuando su madre le preparaba una infusión de hierbas.

 

 A los seis, ya sabía prepararlo ella misma. Los comejenes picaban a los chicos

 

 que luego lloraban desconsoladamente ,mientras se rascaban las ronchas duras

 

y rojas que se formaban en la espalda y los brazos. Comenzó a inventar bálsamos

 

 para estas picaduras. Tenía una habilidad pocas veces vista para crear recetas.

 

 A los nueve años, ya la consultaba parte de la zona . Nunca daba el secreto,

 

 porque su viveza la había vuelto reservada. Con los años, llegó a transformarse

 

en una genuina experta.

 

     Nunca llegó a conocer las Caídas del Tesoro Líquido , a pesar de haber

 

vivido tan cerca. No se había percatado de que vivía en una de las zonas

 

linderas con uno de los lugares más fascinantes de Odnum.

 

  Tampoco pudo disfrutar de darle de comer a los coatíes, como lo hacían

 

los turistas . Nunca vio huir a los tucanes, del ruido infernal que

 

producían los helicópteros , que cobraban setenta ralóds la vuelta.

 

 Ella nunca vio un ralód en toda su vida. Había oído decir que un gran líder                                   

 

amado por los habitantes de Anitnegra, le preguntaba al pueblo:

 

---¿Y ustedes, vieron alguna vez un ralód?---

 

Y la gente  reía y aplaudía a rabiar.                              

                                  

 Nunca hizo turismo de aventura, en la selva circundante a las Caídas.

 

Ni paseó en gomón, bajo la lluvia de espuma, en las Fauces del Tesoro,

                            

donde mirar hacia arriba significaba ver la úvula en la garganta de la Reina

 

Naturaleza, y sentir la muerte en vida, la dulce muerte .